La historia uruguaya se formó a partir de aportes indígenas, africanos y europeos, con una influencia guaraní persistente en la cultura y la identidad nacional.
Por Susana Rodríguez Varese (Profesora de Historia, investigadora y especialista en patrimonio cultural e influencia guaraní en la sociedad uruguaya)
Los avances de la arqueología, la historia, la antropología y la genética han ido modificando una imagen profundamente arraigada entre los uruguayos: la de un país prácticamente vacío de población indígena y construido casi exclusivamente por la inmigración europea.
Hoy sabemos que nuestra historia es bastante más compleja.
La presencia humana en el territorio que actualmente ocupa Uruguay se remonta, según las estimaciones arqueológicas, a unos 12.000 o 15.000 años.
Durante ese largo período habitaron estas tierras diversos grupos indígenas, en su mayoría nómades o de gran movilidad, entre ellos guenoas, charrúas, minuanes, yaros y guaraníes, además de las poblaciones vinculadas a la región de las lagunas de Rocha.
A partir del siglo XVII comenzó otro proceso decisivo para comprender nuestra conformación social y cultural: la expansión regional de las misiones religiosas, especialmente las de la Compañía de Jesús.
Buena parte del territorio situado al norte del río Negro estuvo vinculada a grandes estancias misioneras asociadas a poblaciones como Yapeyú, San Borja, San Nicolás y San Miguel, donde vivieron y trabajaron numerosos indígenas guaraníes o guaranizados.
Aquella experiencia dejó huellas profundas.
Su influencia puede rastrearse en la formación de poblaciones, en la mano de obra rural y urbana, en numerosos oficios, en la música, la danza, la farmacopea, ciertas expresiones religiosas y hasta en costumbres tan incorporadas a nuestra vida cotidiana como el mate.
También permanece en la toponimia.
Nombres vinculados al país, a nuestra flora, nuestra fauna, nuestros ríos y otros accidentes geográficos continúan revelando la persistencia de aquella presencia indígena.
Anselmo Jover Peralta lo expresó de manera particularmente sugestiva:
“Casi han desaparecido los indios guaraníes, pero subsisten las denominaciones geográficas y toponímicas que se formaron con su hermosa lengua. El tiempo, que todo lo borra, ha respetado los nombres, en que sobrevive el alma de la raíz ausente”.
La cita pertenece a El guaraní en la geografía de América, publicado en Buenos Aires por Ediciones Tupã en 1950.
Pero la conciencia acerca de la importancia del guaraní en nuestro territorio es mucho más antigua.
Cuando en 1843 se creaba el Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, el doctor Andrés Lamas sostenía que debía incluirse el estudio de aquella lengua.
Decía:
“Podría también tratar de resucitar en su posible pureza la lengua guaraní que hablaron los señores de este país antes de la conquista… El conocimiento de esa lengua puede ser, con el tiempo, un medio de ensanchar el terreno que domina nuestra actual civilización: se habla con pocas alteraciones en las últimas clases de la gente de nuestra campaña y en el inmenso litoral del Paraná, Uruguay y Paraguay”.
El texto fue posteriormente recogido en Escritos selectos del Dr. D. Andrés Lamas, publicado por el Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay en Montevideo en 1922.
El testimonio es significativo porque, en pleno siglo XIX, Lamas registraba al guaraní no solamente como una lengua del pasado, sino como una expresión todavía viva en sectores de la campaña y en una extensa región de la cuenca del Plata.
Esto no significa sustituir una simplificación por otra.
Renzo Pi Hugarte advertía sobre el riesgo de forzar nuestro pasado para convertirlo en una historia exclusivamente indígena.
Uruguay tampoco es eso.
Pero resulta igualmente difícil sostener hoy la imagen de un país cuya población indígena desapareció casi por completo y fue luego sustituida por la inmigración europea del siglo XIX.
Las investigaciones de antropología biológica y genética han mostrado una presencia de ascendencia indígena considerablemente mayor que la reconocida durante décadas por el imaginario colectivo uruguayo.
Trabajos de investigadores como Mónica Sans y Fernando Mañé Garzón han estimado que alrededor de un tercio de la población podría presentar ascendencia indígena por línea materna.
Sin embargo, durante generaciones predominó la convicción de que la enorme mayoría de los uruguayos “venimos de los barcos”.
La frase contiene una parte indudable de nuestra historia.
El extraordinario aporte migratorio europeo transformó al Uruguay y constituye uno de los componentes fundamentales de nuestra sociedad.
El problema aparece cuando esa parte se convierte en el relato completo.
La sociedad uruguaya surgió de una trama humana mucho más amplia.
En ella se encontraron indígenas de diferentes grupos, poblaciones guaranizadas, mestizos, africanos, europeos y, posteriormente, inmigrantes provenientes de otras regiones del mundo.
A lo largo de generaciones se produjo un continuo proceso de mestizaje, transmisión cultural e incorporación de hábitos, conocimientos y formas de vida.
Quizás parte de nuestra dificultad para definir qué significa “ser uruguayo” provenga justamente de allí.
Somos latinoamericanos, pero nuestra manera de reconocernos como tales posee características particulares.
Durante mucho tiempo privilegiamos unas raíces y dejamos otras casi fuera del relato nacional.
Antonio Lezama ha hablado, en este sentido, de una maduración étnico-nacional todavía incompleta.
Tal vez comprender mejor nuestra identidad requiera abandonar la búsqueda de un único origen.
No somos solamente descendientes de indígenas.
Tampoco solamente descendientes de europeos.
Somos el resultado de encuentros, desplazamientos, conflictos, mestizajes e intercambios culturales ocurridos durante siglos.
Reconocer esa complejidad no disminuye ninguna de nuestras raíces.
Nos permite comprender mejor lo que realmente somos.
Pluralidad de raíces
Persistencia de la herencia guaraní
Construcción de la identidad uruguaya
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