Una mirada a la tragedia venezolana y a las bases institucionales, económicas y humanas necesarias para reconstruir el país
ANATOMÍA DE UN DESASTRE Y EL MAPA PARA SALIR DE ÉL
Una mirada a la tragedia venezolana
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Cuando la ideología choca con la realidad
La economía es, en esencia, el estudio de cómo las sociedades resuelven sus problemas cotidianos o, por el contrario, cómo se autodestruyen cuando deciden ignorar las leyes más elementales de la cooperación humana.
El caso de Venezuela es el ejemplo más doloroso, masivo y trágico de nuestra época contemporánea sobre cómo un país con recursos extraordinarios puede ser llevado a la indigencia absoluta.
No fue una maldición bíblica ni una fatalidad meteorológica; fue el resultado de un experimento ideológico que ignoró deliberadamente cómo funcionan los incentivos, el conocimiento y las instituciones.
¿Cómo se destruye un país rico?: La anatomía del colapso
Venezuela sufrió un colapso económico de proporciones históricas; una contracción superior a la de la Gran Depresión en Estados Unidos, pero sin que mediara ninguna guerra mundial.
Pensemos en cómo funciona una economía moderna. Una economía no es un saco de dinero que se reparte; es una red increíblemente compleja de capacidades colectivas. Es como una gran sinfonía donde cada músico sabe tocar su instrumento.
Si un día usted decide que los músicos ya no necesitan ensayar, que al flautista se le paga lo mismo toque bien o mal, y que los instrumentos pasan a ser propiedad del gobierno, la orquesta deja de tocar música y empieza a producir ruido.
Eso fue exactamente lo que ocurrió en Venezuela a través de tres grandes errores fatales:
El gobierno decidió que los precios de los alimentos, las medicinas y los bienes esenciales debían fijarse por decreto y no por la escasez o la abundancia real. Cuando usted prohíbe que una empresa cubra sus costos y obtenga una ganancia, quiebra el incentivo para producir.
El resultado fue previsible: los anaqueles se vaciaron. ¿Quién iba a arriesgar su capital para producir a pérdida?
Venezuela creyó que el petróleo era una chequera mágica que brotaba sola del suelo. Pero el petróleo no es solo un líquido negro; es tecnología sofisticada, ingeniería de yacimientos, logística internacional y gerencia de altísimo nivel. Cuando se despidió a más de veinte mil ingenieros y técnicos experimentados de PDVSA por razones políticas, se destruyó el know-how acumulado durante décadas.
La producción petrolera se desplomó no porque se hubieran agotado los pozos, sino porque expulsaron el talento que sabía cómo extraerlos.
Para tapar los huecos fiscales creados por un Estado ineficiente y corrupto, el Banco Central se convirtió en una simple imprenta de billetes sin respaldo.
El resultado fue una hiperinflación devastadora. Destruir la moneda es destruir la confianza social; es obligar a la gente a vivir al día, evaporando los ahorros de toda una vida y condenando a la población a la miseria.
El costo humano, social y económico de la diáspora: La herida más profunda
Cuando hablamos de números rojos, PIB desplomados e hiperinflación, solemos olvidar que la economía está compuesta estrictamente por personas.
El daño más devastador que ha infligido la dictadura no se encuentra únicamente en las balanzas de pago o en las tuberías oxidadas de las refinerías, sino en el éxodo forzoso de más de siete millones de venezolanos.
Estamos hablando de la mayor crisis migratoria en la historia contemporánea del hemisferio occidental, superando incluso a la de países en guerras civiles declaradas.
Detrás de cada cifra de migrantes hay una tragedia humana desgarradora: familias enteras fracturadas, abuelos que se quedaron solos porque sus hijos y nietos debieron huir a pie o en condiciones de extrema vulnerabilidad por el continente, y niños creciendo a distancia. Es la destrucción sistemática del tejido afectivo y generacional de la sociedad venezolana.
La diáspora no solo vació el país de su población en edad de trabajar, sino que golpeó con especial crueldad a los sectores más vulnerables que se quedaron atrás, dependiendo de remesas precarias para sobrevivir en medio de la destrucción de los hospitales, las escuelas y los servicios públicos elementales.
Desde la perspectiva del desarrollo económico, la expulsión de millones de personas representa la pérdida del activo más valioso que puede tener una nación: su capital humano.
Un país no se empobrece solo porque pierde brazos, sino porque pierde cerebros. Médicos, ingenieros, científicos, maestros, técnicos y emprendedores que se formaron con recursos de la sociedad venezolana hoy están generando riqueza, pagando impuestos y dinamizando las economías de Colombia, Chile, Estados Unidos, España o Uruguay, mientras que Venezuela se quedó vacía de las capacidades complejas que se necesitan para reconstruirse.
¿Cómo se vislumbra la reconstrucción? El mito de la salida fácil
Cuando se discute el día después de la dictadura, surgen siempre dos tentaciones peligrosas.
Por un lado, están los pragmáticos ingenuos que creen que basta con hacer un trato con los jerarcas de turno, levantar unas cuantas sanciones, bombear algo de petróleo y repartir la renta para que todo vuelva a la normalidad.
Por el otro, están los que creen que la economía se arregla por decreto presidencial.
Ambas visiones están profundamente equivocadas. La recuperación de Venezuela no será un sprint; será un maratón institucional. Y se sostiene sobre tres pilares innegociables:
La democracia como infraestructura económica
Muchos empresarios preguntan: “¿Cuándo es el momento de volver a invertir en Venezuela?”. La respuesta es categórica: no habrá inversión masiva a largo plazo sin un cambio político radical y verificable.
Los inversores no arriesgan capitales multimillonarios en países donde las leyes se cambian de la noche a la mañana por capricho de un autócrata o donde los tribunales no son independientes.
La democracia y el Estado de derecho no son lujos ideológicos que se pueden postergar; son la infraestructura invisible más importante de la economía.
Sin confianza en las reglas del juego futuras, el capital huye y la reconstrucción se paraliza.
El regreso de la mayor riqueza: El capital humano de la diáspora
El gran reto de la Venezuela post-dictadura no será solo atraer capital extranjero, sino lograr que esa vasta diáspora dispersa por el mundo sienta que existen las condiciones institucionales, de seguridad y de libertad para retornar. Una economía compleja no se reconstruye solo con cemento y tuberías; se reconstruye con talento.
Sanar la herida de la migración exigirá crear un entorno tan confiable que los médicos, ingenieros y jóvenes que se fueron decidan volver a ser los protagonistas del renacimiento de su patria.
Apertura, reinserción financiera y mercado
El país necesitará una reestructuración inteligente de su abultada deuda externa y el respaldo masivo de los organismos multilaterales de crédito (como el BID y el Banco Mundial).
Pero estos recursos solo tendrán efectos transformadores si se desmonta el corsé estatista: privatizando lo que el Estado administra ineficientemente, abriendo el sector energético a la competencia internacional y devolviendo la autonomía a un Banco Central que garantice una moneda estable.
El futuro exige verdad y rigor
Las naciones no están condenadas al subdesarrollo por designios divinos, sino por las malas elecciones de sus élites.
La tragedia de Venezuela es monumental y su cicatriz más dolorosa habita en los millones de compatriotas desparramados por el mundo. Pero la capacidad de resiliencia y el deseo de libertad de su gente siguen intactos.
Recuperar el país exigirá abandonar los espejismos populistas, aceptar que no hay atajos sin reglas y comprender que la prosperidad sostenible solo florece allí donde la ley es igual para todos, el esfuerzo individual es recompensado y el Estado está al servicio de los ciudadanos, y no los ciudadanos al servicio del Estado.
Colapso económico e institucional
Diáspora y capital humano
Bases para la reconstrucción
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