Una reflexión sobre el valor de la comprobación práctica aplicada a las instituciones internacionales y al desempeño real de la Organización de las Naciones Unidas.
– La comprobación como criterio de realidad
– La distancia entre el diseño institucional y el mundo real
– La ONU frente a los conflictos del orden internacional
LA COMPROBACIÓN…
Muchas veces se piensa que sin ella no hay ciencia…
Más allá de los nombres que se quieran dar hay quienes piensan que la característica de toda ciencia es la comprobación del hecho, así por ejemplo si se dice que el fuego quema y alguien lo pone en duda basta con acercar un fósforo encendido a un trozo de papel o de cartón y cuando se produce el contacto se comprueba que efectivamente quema.
Este ejemplo casi infantil permite a muchos pensar que el Derecho, la Historia, la Sociología y algunas otras disciplinas similares no son ciencias dado que carecen del elemento fundamental, la susodicha comprobación.
No obstante no todo el mundo piensa igual y hay gente que afirma que a esas disciplinas corresponde darles el apelativo de ciencias sociales o ciencias del espíritu.
En fin, los nombres es lo de menos, remitámonos a Descartes, el gran racionalista, a efectos de que nos ilustre en este tema como lo ha hecho con otros pues está suficientemente capacitado para ello.
Bajemos nosotros a algo más práctico entonces, dejemos de lado al filósofo francés y también al gran gran jurista vienés, Hans Kelsen y su pensamiento sobre el mundo del DEBER SER (el mundo de las normas) y el mundo del SER, esto es, hablando un tanto “grosso modo”, la realidad material y encaminémonos a ella que es la que está a la vista, la palpamos y la vivimos.
En otras palabras, analicemos las cosas con una visión más simple, más propia del hombre de la calle que la del científico, la del filósofo o la del jurista.
Y para ella formulémonos una pregunta muy sencilla:
¿Existe la Organización de las Naciones Unidas, vulgo, la ONU?
La respuesta parece obvia: sí, por supuesto, está en un conocido edificio de la ciudad de Nueva York, lleno de delegados, de funcionarios, secretarios, las infaltables secretarias, ujieres, guardias de seguridad y demás fauna y que abona jugosas remuneraciones teniendo también sub dependencias, verbigracia, la UNICEF y otras.
¿Pero será así o en cambio será como un balón de fútbol que adentro no tiene nada salvo aire?
Pensemos: ¿cuál es la finalidad de una pelota de fútbol?
Hacer que ingrese en un rectángulo llamado arco en Uruguay, portería en España, goal en Inglaterra…
Pero si nunca entrara, ¿serviría para algo?
Francamente no parece.
Dicho esto y a la luz de lo que ocurre y ha ocurrido en el mundo
¿la ONU no será una especie de balón que no cumple su función?
Porque hay que recordar que Roosevelt le prendió cientos de velas a Stalin – y le regaló media Europa- para que lo apoyara en esa idea suya de crear un organismo mundial cuasi perfecto, que evitaría futuros conflictos, que no repitiera los errores de la Sociedad de Naciones, etc.
Pero no, el mundo del SER, o sea de la realidad, marca otra cosa muy diferente.
Fundada en 1945 y hasta el día de hoy, la ONU intervino en un solo conflicto caliente, Corea 1950/53.
Indochina, las cuatro guerras árabe – israelíes, Vietnam, Camboya, las invasiones soviéticas de Hungría, Checoslovaquia y Afganistán, las dos guerras con Irak, la guerra de las Malvinas, el eterno conflicto en el Líbano, Siria, Libia, ni en la extracción de Maduro de su cama ni corriendo a los ayatollas no se vio a nadie de la ONU hacer algo más que parlotear en su Asamblea General, que debe ser más aburrido que una sesión del Senado a las dos de una madrugada de invierno en nuestro país.
Entonces la respuesta lógica y prácticamente única es: sí, efectivamente, la ONU es igual que un balón que no sirve para lo que fue creado.
Y esos balones tienen un destino cierto: el tacho de la basura o lo que es peor, la total ignorancia.
