Allegorical editorial artwork depicting the unintended consequences of scientific progress during the Industrial Revolution.

Cuando el progreso soñó con abolir la realidad

La visión utópica de Marcelino Berthelot sobre el siglo XXI revela cómo el optimismo científico del siglo XIX subestimó la complejidad de la naturaleza humana y de la historia.

Florecerá la vida / No existirá el dolor

Recordábamos en nuestra nota anterior a Marcelino Berthelot. Incursionaremos en otra faceta de su personalidad: la de profeta.
El 5 de abril de 1894, en un banquete organizado por la Cámara sindical de productos químicos, comienza su alocución diciendo: «Se ha hablado a menudo del porvenir de las sociedades humanas: quiero imaginármelas como serán en el año 2000».
Describe entonces el químico francés su visión del siglo XXI, diciendo: «estaremos muy próximos a realizar los ensueños del socialismo». ¿Es un anticipo del llamado «socialismo del siglo XXI», entonces?
Veamos si la visión del sabio coincide con la realidad que conocemos.
«En ese tiempo no habrá en el mundo ni agricultores, ni pastores, ni labradores: el problema de la existencia por el cultivo del suelo habrá sido suprimido por la Química.
No habrá más minas de carbón, ni industrias subterráneas, ni, por consiguiente, huelga de mineros.
El problema de los combustibles habrá sido suprimido por el concurso de la Química y de la Física.
No habrá más ni aduanas, ni proteccionismo, ni guerras, ni fronteras regadas con sangre humana.
Lo que los vegetales han hechos hasta hoy […] ya lo realizamos y los realizaremos mucho mejor, de manera más extensa y más perfecta que la que emplea la naturaleza: tal el poder de la síntesis química.
Llegará un día en el cual cada uno llevará para nutrirse su pequeña pastilla azoada, su pequeña porción de materia grasa, su pequeño frasco de especias aromáticas, acomodados a su gusto personal; todo eso fabricado económicamente y en cantidades inagotables por nuestras fábricas […] eso, en fin, exento de microbios patógenos, origen de las epidemias y enemigos de la vida humana.
El hombre ganará en dulzura y en moralidad, porque cesará de vivir de la matanza y destrucción de seres vivientes.

El sueño de la razón
«En ese imperio universal de la fuerza química, no creáis que el arte, la belleza, el encanto de la vida humana estén destinados a desaparecer.
Ni la superficie terrestre deja de ser utilizada, como hoy […] la tierra se convertirá en un vasto jardín, regado por la efusión de las aguas subterráneas, y donde la raza humana vivirá en la abundancia y en la alegría de la legendaria edad de oro».
Estable señala dos observaciones al pensamiento del científico francés. Por la primera, considera «curioso el fácil optimismo que la Química le inspira a Berthelot».
No solo se refiere al utópico mundo del segundo milenio que predice Berthelot, sino que esa seguridad de la Química como camino de paz, se contradice con el hecho de que «él mismo se encontró en circunstancias que le obligaron a usar de ella para la guerra», apunta Clemente Estable.
En efecto, las investigaciones de Berthelot desarrollaron la producción de explosivos sin humo.
Durante la guerra franco prusiana, tomado prisionero Napoleón III y sitiado París, «nuestra única defensa es la Química», dirá Flaubert.
Es entonces que Berthelot será designado presidente del comité científico para la defensa de París.
El defensor de la paz y la fraternidad aporta a la guerra.
Sobre el edén que pronostica en el banquete de 1894, dice Estable: «el lector pondrá sus reparos y reconocerá lo que pueda inducir o adivinar como verdadero y como posible».
Los que vivimos en 2026 sabemos que las dudas de don Clemente no eran infundadas.
A la muerte del sabio el hebdomadario madrileño «La lectura dominical» lo despide con estas frases:
«Ha muerto en París el célebre químico Barthelot, a quien sin duda debe la ciencia notables adelantos, pero que era un materialista y un ateo de tomo y lomo, y, además, activo anticlerical…».
Su esposa estaba enferma y murió. Berthelot no pudo soportarlo y falleció horas después.
«Sobre este argumento están ya los sectarios de toda Europa tejiendo una leyenda áurea sobre lo poética y dulcemente que mueren los materialistas y ateos.
Pero no está el quid en cómo se llega al sepulcro, sino en cómo se pasa de él», concluye el periódico, que no perdona la posición antirreligiosa del filósofo.
Más allá de esa dura reflexión periodística, estos vaticinios de don Marcelino son un fiel retrato del ingenuo progresismo de estilo decimonónico.
Este mundo en que vivimos, plagado de injusticias, de guerras teledirigidas, de personas deconstruidas, de confusión de valores, está más cercano a Discépolo que al empírio que soñó el francés.

Progreso y utopía
Ciencia y poder
Naturaleza humana

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