Aviation investigators examining an aircraft accident as a metaphor for learning from corporate failure.

Conexión Ganadera: la investigación que Uruguay nunca hace

Mientras la Justicia determina responsabilidades, el país vuelve a perder la oportunidad de aprender de uno de los mayores fracasos empresariales de su historia reciente.

Conexión Ganadera: la investigación que Uruguay nunca hace

Mientras la Justicia determina responsabilidades, el país vuelve a perder la oportunidad de aprender de uno de sus mayores fracasos empresariales.
Cuando concluya el proceso judicial de Conexión Ganadera conoceremos quiénes fueron responsables, qué obligaciones incumplieron y cuáles serán las consecuencias jurídicas de sus actos.
Eso será indispensable.
Pero no será suficiente.
Porque existe otra investigación que Uruguay casi nunca realiza y que, paradójicamente, puede ser mucho más importante que la propia sentencia.
No me refiero a la investigación judicial.
Me refiero a la investigación intelectual.
La que intenta comprender cómo un proyecto con enorme potencial terminó convirtiéndose en uno de los mayores colapsos empresariales de nuestra historia reciente.
Responder esa pregunta no devolverá el dinero perdido.
Pero podría impedir que el próximo gran fracaso vuelva a construirse sobre los mismos errores.
Porque una cosa es administrar un escándalo.
Otra muy distinta es administrar el conocimiento que ese escándalo puede producir.
Durante mis años como piloto aprendí una lección que nunca olvidé.
Cuando un avión se accidenta, los investigadores no comienzan buscando culpables.
Comienzan intentando comprender por qué el sistema permitió que ese accidente ocurriera.
Esa diferencia explica buena parte del extraordinario progreso alcanzado por la aviación durante el último siglo.
Una investigación aeronáutica nunca concluye diciendo simplemente que un piloto se equivocó.
Reconstruye toda la cadena de acontecimientos.
Analiza el entrenamiento.
Los procedimientos.
El mantenimiento.
La meteorología.
Las comunicaciones.
El diseño de la aeronave.
La organización.
La supervisión.
Los factores humanos.
La presión operacional.
Porque sabe que las grandes tragedias casi nunca tienen una única causa.
Son el resultado de una cadena de pequeñas decisiones equivocadas que nadie logró detener a tiempo.
Después ocurre algo extraordinario.
Las conclusiones no quedan archivadas.
Se transforman en nuevos procedimientos.
En mejores entrenamientos.
En modificaciones técnicas.
En cambios regulatorios.
Cada accidente hace más seguro el siguiente vuelo.
Cada tragedia aumenta el conocimiento disponible para toda la aviación mundial.
Ese es el verdadero homenaje que la aviación rinde a sus víctimas.
Transformar el dolor en conocimiento.
Y el conocimiento en seguridad.
No conozco una definición más precisa del progreso.
Cuando observo cómo enfrentamos nuestros grandes fracasos nacionales encuentro exactamente el proceso inverso.
La discusión pública gira casi exclusivamente alrededor de una pregunta.
¿Quién fue el responsable?
Es una pregunta imprescindible.
Pero insuficiente.
Porque identificar responsables no explica un sistema.
Y un sistema que no se comprende difícilmente pueda mejorarse.
Con demasiada frecuencia administramos acontecimientos.
Pero no administramos conocimiento.
Investigamos personas.
Pero rara vez investigamos procesos.
Acumulamos expedientes.
Pero construimos muy poca inteligencia institucional.
Conexión Ganadera constituye una oportunidad excepcional para corregir esa carencia.
No porque deba reemplazar el trabajo de la Justicia.
La Justicia debe cumplir plenamente su función.
Pero una sociedad inteligente necesita hacer algo más.
Necesita estudiar lo ocurrido.
Necesita comprender cuándo comenzaron las primeras señales de deterioro.
Por qué una organización de semejante dimensión continuó dependiendo casi exclusivamente del criterio de sus fundadores.
Por qué su estructura de gobierno corporativo no evolucionó al mismo ritmo que su crecimiento.
Qué controles faltaron.
Qué alertas fueron ignoradas.
Y, sobre todo, qué deberían aprender de este caso empresarios, inversores, reguladores, universidades y escuelas de negocios.
Esas respuestas probablemente aporten mucho más al futuro del país que cualquier condena.
Porque toda crisis destruye dos tipos de riqueza.
La primera es visible.
Dinero.
Empresas.
Patrimonio.
Empleo.
La segunda casi nunca aparece en ningún balance.
Es el conocimiento que una sociedad deja escapar cuando renuncia a estudiar seriamente aquello que acaba de experimentar.
Existe una riqueza de la que hablamos muy poco.
No está formada por carreteras.
Ni por edificios.
Ni por reservas internacionales.
Está formada por todas las experiencias que una sociedad consigue transformar en mejores decisiones.
Podemos llamarla, provisoriamente, patrimonio cognitivo nacional.
Es la memoria intelectual de una sociedad.
Es la inteligencia que una nación acumula cuando convierte cada fracaso en una oportunidad de aprendizaje.
Las naciones verdaderamente desarrolladas no son las que menos se equivocan.
Son las que menos desperdician sus errores.
Por eso cuesta creer que el mayor daño provocado por Conexión Ganadera sea únicamente el dinero perdido.
Tal vez la pérdida más profunda sea otra.
Que, una vez terminado el proceso judicial, el país archive también la oportunidad de comprender qué ocurrió realmente.
Si eso sucede, habremos perdido dos veces.
La primera, cuando desapareció la riqueza.
La segunda, cuando dejamos escapar la posibilidad de transformar esa experiencia en inteligencia colectiva.
La riqueza de una nación no depende solamente de lo que produce.
Depende también de lo que aprende.
No de su memoria histórica.
Sino de su memoria intelectual.
De su capacidad para transformar cada fracaso en instituciones más inteligentes.
Cada empresa que desaparece.
Cada política pública que fracasa.
Cada proyecto que termina muy lejos de sus objetivos.
Cada crisis financiera.
Todas dejan una caja negra.
La aviación comprendió hace muchas décadas que el futuro viaja dentro de ellas.
Nosotros todavía dedicamos casi toda nuestra energía a discutir quién estaba sentado en la cabina.
Quizás esa sea la diferencia más profunda entre una sociedad que progresa y otra que simplemente envejece.
Porque los países no se desarrollan cuando dejan de equivocarse.
Se desarrollan cuando dejan de desperdiciar sus errores.

Aprendizaje institucional
Gobierno corporativo
Patrimonio cognitivo

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