Cuando la buena nota financiera ahoga al emprendedor
EL LABERINTO DEL DÓLAR BARATO
Cuando la buena nota financiera ahoga al emprendedor
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Uruguay vive una paradoja que se ha vuelto estructural y que amenaza con morder el corazón productivo del país.
Por un lado, ostentamos con orgullo los pergaminos de la estabilidad: grado de inversión consolidado, bajo riesgo país, acceso fluido y a tasa conveniente a los mercados internacionales de crédito.
Los inversores globales aplauden.
Las calificadoras de riesgo nos miran aún con simpatía.
Pero cuando bajamos la vista de los spreadsheets financieros a la economía real —a la planta industrial, al productor agropecuario, al galpón del emprendedor tecnológico o al exportador de servicios— el panorama cambia drásticamente.
Estamos atrapados en el laberinto del atraso cambiario, un fenómeno de «dólar bajo» que no es una casualidad meteorológica, sino la consecuencia lógica de equilibrios macroeconómicos mal calibrados.
Y hay un actor principal en esta película que solemos pasar por alto: la emisión y colocación constante de deuda pública.
El festival de bonos y la inundación de divisas
Cada vez que el Estado uruguayo sale a colocar deuda —ya sea mediante bonos globales en moneda extranjera u otros títulos del tesoro— logra, paradójicamente, un éxito financiero que castiga a la economía productiva.
¿Cómo opera este mecanismo?
Los inversores internacionales y locales compran esos papeles con dólares frescos.
Ese volumen masivo de divisas ingresa a la plaza doméstica. Al monetizarse para financiar las necesidades del Estado genera una abundancia artificial de dólares que no provienen de inversión, y que al circular como oferta en el sistema financiero convertido a pesos, aumenta la oferta de dólares y baja artificialmente el valor de dicha divisa.
El mercado cambiario responde a las leyes básicas de la oferta y la demanda: si sobran dólares, el precio baja.
De este modo, la “excelente” reputación crediticia del Uruguay soberano se convierte en un bumerán para el tipo de cambio real.
El Estado se financia barato, pero inunda la plaza de billetes verdes, tirando el precio del dólar hacia abajo y desalineándolo de los costos internos altísimos en pesos, por obra y gracia del llamado “costo país”. En realidad: costo tributario y asfixia de precios públicos.
En este caso el precio del dólar es un precio artificialmente subsidiado por el propio Estado para bancar las deudas que los políticos impulsan.
Las víctimas silenciosas: el exportador y el emprendedor nacional
Este descalce no es gratis.
El impacto sobre quienes arriesgan su capital en el sector transable —aquellos que compiten con el mundo o que deben exportar para crecer— es implacable.
El exportador uruguayo está atrapado en una pinza de costos: cobra sus ventas en dólares de deprimido valor nominal, pero paga sus costos operativos en pesos (salarios, energía, combustibles, tarifas públicas, fletes y cargas sociales) indexados en una economía que se encarece sistemáticamente en términos reales por obra del mismo operador político que luego se endeuda para financiarse.
La rentabilidad se comprime hasta evaporarse.
Competir en los mercados internacionales con este atraso cambiario estructural equivale a correr los 100 metros llanos con una mochila de piedras.
Para el joven emprendedor que intenta despegar con un proyecto innovador, una startup o una pyme industrial, el «costo Uruguay» es una barrera de entrada letal. Lo mismo para el que busca trabajo y encuentra una barrera infranqueable en el costo laboral, tributario y regulatorio que pagan las empresas.
Sin escalas masivas, enfrentando un mercado interno estrecho y con un tipo de cambio que licua sus ingresos frente a una estructura de costos rígida y cara, el margen de supervivencia se reduce al mínimo.
Se premia la timidez financiera y se castiga el músculo productivo.
La fuga de consumo interno hacia el exterior —el fenómeno del turismo emisivo y el masivo cruce de fronteras— es el eslabón que completa la cadena de este desequilibrio, y golpea de manera directa el tejido del comercio minorista y los servicios locales.
Cuando el dólar está bajo y el peso se aprecia fuertemente frente a las monedas de la región (o frente al costo de vida internacional), se produce una distorsión de precios insostenible:
Viajar al exterior, comprar en el extranjero o realizar compras por internet se vuelve sumamente barato en términos relativos.
Las familias y los consumidores trasladan su poder de compra fuera de fronteras, desertando del comercio nacional.
La solución Oddone: agregarle IVA al comprador preso del costo país que no puede viajar.
La agonía del comercio de frontera y el minorista:
Las ciudades del litoral uruguayo sufren un impacto dramático cuando cruzar la frontera es sinónimo de ahorrar decenas de puntos porcentuales en bienes básicos, vestimenta o alimentación.
El comerciante local se encuentra en una situación de absoluta indefensión: tiene que pagar salarios, alquileres, tributos y tarifas con precios uruguayos, mientras sus potenciales clientes cruzan el puente para llenar el changuito o vacacionar enfrente.
Este desvío del gasto no es inocuo; se traduce en una pérdida drástica de facturación para el pequeño comerciante, destrucción de puestos de trabajo en el sector industrial y un sesgo estructural que le permite subsistencia al que vive en esas zonas de frontera, en detrimento de quien invierte y da trabajo dentro del territorio nacional.
El «milagro» del dólar bajo, visto desde esta perspectiva, es en realidad un espejismo: subsidia el consumo afuera mientras seca la plaza interna, dejando al comerciante y al prestador de servicios local a merced de una competencia profundamente despareja.
¿Hay salida del laberinto?
El problema central es que nos hemos vuelto un país caro con fundamentos de economía frágil en su aparato productivo.
La estabilidad nominal y el ancla inflacionaria se defienden a costa de sacrificar la competitividad externa.
Si queremos un Uruguay que crezca de forma genuina y pare de caer, que genere empleo de calidad y que no dependa exclusivamente del prestamista financiero para planchar el tipo de cambio, el Estado debe replantearse la ecuación.
No se trata de decretar saltos cambiarios artificiales, sino de entender que el manejo del gasto público, la eficiencia del Estado y la rebaja de las gigantescas barreras que entorpecen la productividad son urgentes.
De lo contrario, seguiremos celebrando aplausos de los especuladores que aún nos prestan, mientras apagamos, uno a uno, los motores de los que realmente producen.
Atraso cambiario estructural
Deuda pública y divisas
Competitividad y costo país
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