Small business owner closing a workshop in Montevideo amid signs of economic stagnation.

La conspiración del estancamiento

Por qué Uruguay prefiere administrar la decadencia

LA CONSPIRACIÓN DEL ESTANCAMIENTO
Por qué Uruguay prefiere administrar la decadencia
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

La historia económica y política de Uruguay se ha convertido en una lenta crónica de una asfixia anunciada.
Bajo una superficie de estabilidad institucional y modales republicanos irreprochables, el país arrastra una patología profunda: un pacto de mutua conveniencia entre una corporación política timorata y un aparato sindical-ideológico que ha hecho del estatismo su trinchera inexpugnable.
El balance de la última década —atravesada por el primer gobierno de la Coalición Republicana y la inercia de sus sucesores— demuestra que administrar con paños tibios frente a estructuras anquilosadas no es prudencia; es complicidad con el fracaso.
Frustra a los que la votaron, y a los 30 mil que cambiaron de idea sobre el statu quo, con la esperanza de que sacáramos la cabeza del pozo en que nos metió la generación del 45.
La izquierda uruguaya ha sobrevivido políticamente haciendo del veto conservador de su prebenda de participar en una liga democrática no siéndolo y de la resistencia cultural su razón de ser.
Incapaz de asimilar los principios de una economía de mercado abierta, la libertad individual y la austeridad republicana, su estrategia histórica ha consistido en dinamitar cualquier intento de reforma estructural.
Desde las crisis fundacionales del pasado hasta los desafíos globales recientes, su respuesta automática ha sido la trinchera corporativa, agitando dogmas colectivistas y protegiendo un «estatismo de buenos modales» que ahoga al que produce.
Lo grave no es solo su proyecto político —orientado a dinamitar las bases de la república liberal—, sino la trágica legitimidad que la sociedad le ha concedido para utilizar las herramientas de la democracia contra la democracia misma.

El refugio del privilegio político
El drama uruguayo no se explica únicamente por la intransigencia radical de los radicales de hacernos miserables.
Se agrava por la cobardía estructural de una clase política tradicional que, acobardada por una masa social densamente adoctrinada y temerosa de perder sus propias cuotas de poder, prefiere administrar la decadencia.
Para una parte fundamental del sistema político, el statu quo no es un problema a resolver, sino un ecosistema simbiótico.
El «diálogo cupular político» de la que tanto se vanagloria el establishment no es más que una tregua cobarde: se le paga una renta altísima perpetua a los poderes fácticos y a los sindicatos a cambio de que incendien espasmódicamente las calles, y paralicen la exportación productiva por tiempo indeterminado, trasladando la factura a los hombros del sector privado formal, de las pymes y de las nuevas generaciones.
El resultado 30% de informales cuyos derechos se esfumaron; 310.000 funcionarios públicos que paga cada mes la sociedad como un castigo; y 500.000 mendicantes de una sociedad a la que castigan cuando el narco les ajusta las cuentas promoviendo el sicariato.
Es un cálculo mezquino donde la preservación de los privilegios de la casta política (profesionales de este contubernio) se antepone al destino de la nación.

Las consecuencias de persistir en el error
Si Uruguay insiste en transitar el camino del gradualismo anestésico y del diálogo estéril con quienes buscan implosionar el sistema, las consecuencias que quedarán de este período de gobierno son devastadoras:

La asfixia fiscal y productiva: Sostener un Estado hipertrofiado, lleno de superposiciones y monopolios ineficientes destruye la competitividad y condena al país a la irrelevancia exportadora.

Los combustibles carísimos, la energía eléctrica insuficiente para emprender, la educación con perspectiva laboral castrada y la capacidad científica estancada.

El éxodo de talento:

Los jóvenes más formados y los capitales dinámicos seguirán huyendo hacia economías donde el esfuerzo individual sea respetado y no sufra la decapitación del poder adquisitivo por impuestos ciegos destinados a financiar privilegios corporativos y empresarios prebendarios.

La implosión por peso propio:

Ningún relato ideológico, por más blindado que esté en el aparato educativo y mediático, puede desafiar indefinidamente las leyes de la aritmética económica.
Cuando el modelo ya no tenga de dónde endeudarse ni a quién exprimir, la crisis no vendrá en forma de reforma ordenada, sino de colapso abrupto.

La hora de la verdad
Continuar negociando con un corporativismo que desprecia la libertad republicana es una ilusión suicida.
Las verdaderas transformaciones —desregular la economía, flexibilizar el mercado laboral, abrir el mercado energético y desmantelar el clientelismo— no nacerán de un consenso de mínimos comunes denominadores con quienes viven de la prebenda estatal.
Uruguay necesita un liderazgo de convicción inflexible que esté dispuesto a asumir el costo de gobernar con la verdad, utilizando la evidencia y la tecnología para desnudar el costo real de los privilegios.
Si la política sigue optando por la comodidad del cálculo electoral por encima de la supervivencia de la nación, la historia no absolverá a los moderados: los recordará como los administradores pacientes de una ruina previsible.
Hay algo profundamente tierno —en el sentido más veterinario del término— en la persistente ilusión uruguaya de que la historia de un país se define en las actas de una escribanía o en el mostrador de un boliche a la hora del vermut.
Durante décadas, la comarca se miró al espejo con la suficiencia de quien se sabe el alumno aplicado de la clase media global: el país de la sopita tibia, del boleto suburbano subsidiado y del presidente que iba al cine sin custodia, comprando las golosinas con el vuelto exacto.
Pero, ay, el trópico mental siempre encuentra la manera de colarse por las rendijas del Palacio de gobierno, aunque el trópico aquí sea de brumas, playa y ron.
Resulta que un grupo de entusiastas muchachos de los años sesenta, provistos de una vocación pedagógica implacable y una bibliografía de manual de guerrilla de cabecera, decidió que la mejor forma de explicarle la plusvalía al cajero de un banco del interior era mediante el método persuasivo del plomo caliente y el secuestro exprés.
Eran los tiempos en que la política nacional sufría de una grave insuficiencia de épica marxista-leninista, carencia que los abnegados Tupamaros se propusieron subsanar a los tiros, convencidos de que la libertad se conquista asaltando bowlings o llevándose por delante la ciudad de Pando.
Lo fascinante de la tesis historiográfica criolla es esa maravillosa alquimia causal que reduce los descalabros institucionales del continente a un par de excepciones caprichosas.
Como si la historia universal fuera una partida de truco donde un par de vivillos se avivaron antes de tiempo y arruinaron el recreo.
Sostener que, sin esos traviesos muchachos y sus entrañables socios del Partido Comunista —siempre dispuestos a afinar el violín ideológico mientras sonaba la marsellesa soviética—, el Uruguay habría transitado por la senda de la concordia perpetua como un tranvía eléctrico sin roturas de stock, es de una ingenuidad supina.
Es la versión rioplatense del Edén antes de la serpiente:

un Edén donde nadie cobraba impuestos de más, los sindicatos discutían el precio del asado con corbata michi, y los militares caribeños pasaban las tardes tomando ron y fabricando juegos para niños.
Por supuesto, la realidad suele ser un poco más desprolija que un editorial de bronce.
Atribuirle a un único factor el temblor de las estructuras institucionales es ignorar que los teatros de operaciones no se incendian solo porque alguien pasa con un fósforo, sino porque el rancho ya estaba lleno de viruta seca y corriente de aire.
Pero en el reino de la nostalgia de izquierda, la culpa siempre la tiene el vecino que llegó tarde a la repartija de la utopía o el que les impide saltarse los escalones de la legalidad burguesa, con la excusa de que deben combatir el delito.
Hoy, mirados a la distancia, aquellos guerrilleros de cafetín que terminaron firmando decretos ministeriales y repartiendo subsidios con la misma naturalidad con la que antes robaban un camión de caudales o secuestraban al cónsul brasileño, nos recuerdan que en el fondo el Uruguay es un país extraordinariamente indulgente.
Aquí nadie se jubila del todo de su pasado; simplemente lo recicla con un gajo de menta y un buen asesor de imagen.

Pasa de un saque de terrorista a “una vida suprema”; que amerita ignorar cómo compró una chacra sin ingresos previos.
Algunos tienen motivos para quejarse.

Eran una parte popular de la democracia cansina esperando la conformación suficiente de focos de revolucionarios en la enseñanza y la industria; apenas contaban con un arsenal en ciernes, natural argumento de convicción de opositores de cualquier partido político institucionalizado, cuando el arrojo adolescente de los Tupas generó un tsunami que los arrastró al calabozo.
Nunca perdonarán semejante afrenta del sistema que querían destrozar, pero, que aún nada atisbaba que fueran a usar semejante arsenal ruso-caribeño, cuando impunemente fueron considerados pre-terroristas.
Al fin y al cabo, si algo nos enseñó esa entrañable épica de barricada es que en el Uruguay hasta las revoluciones más feroces terminan, tarde o temprano, discutiendo pensiones graciables en una comisión parlamentaria.
Algunos malpensados suponen que aún en democracia, aquellos viejos recaudadores, para hacer caja, salen de vez en cuando de caño, por pura nostalgia.
Otros tantos, atribuyen a esos mismos atavismos ideológicos imborrables, esa empatía con quienes hacen “trabajos” contra el capitalismo en bolsillo ajeno, que el sistema perverso considera, aviesamente, acciones delictivas,
Otros más ingenuos, esperan seguridad pública de quienes creen “legítimamente” en democracia, que el sistema es una creación perversa a destruir, de un imperio tozudo en abusarlos.

Estatismo y corporativismo
Gradualismo político
Reformas estructurales

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