Liberalismo, seguridad y el riesgo de deriva hacia formas de cesarismo en democracias contemporáneas
– Liberalismo y límites del Estado
– Seguridad, poder y legitimidad
– El ciclo histórico y el riesgo de cesarismo
LA PROFECÍA DE POLIBIO
En su texto «Liberalismo armado» (Ed. Artemisa, Montevideo, 2019), Rodolfo Fattoruso expone un notable compendio de lo que es el liberalismo y de sus desafíos
Todas las declaraciones de derechos, los planes, las propuestas, se miden en hechos.
La Constitución del Uruguay establece la obligación del Estado de proteger a los habitantes de la República «en el goce de su vida, honor libertad, seguridad, trabajo y propiedad».
Es decir: no es el Estado el que concede los derechos que enumera, sino que son propios de la naturaleza humana.
La mera condición de ser humano los lleva implícitos.
La función del Estado es protegerlos.
De otro modo quedarían reducidos a un listado de buenos deseos.
El tema se plantea cuando se trata de fijar los límites a la acción del Estado.
La diferencia entre los Estados de fines totales y los de fines relativos, es lo que diferencia a los totalitarismos de las democracias.
El liberalismo parte de la idea de que la sociedad es una suma de individuos.
Y que esos individuos deben desarrollar su libertad dentro de la sociedad.
Por eso se habla de «derechos».
Como la persona humana vive necesariamente en sociedad, tener «derecho a la vida», supone una obligación para los otros de respetarla.
Nadie debe quitárnosla ni hacernos daño.
Para cuidar que eso sea posible está el Estado.
Aparece entonces la figura del Estado juez y gendarme.
Se ocupa de la justicia y de la justicia.
Esos fines esenciales no son suficientes y el desarrollo histórico va incorporando otros y otros y otros…
Pero no se trata solo de buenas intenciones.
El hecho perceptible es que el intervencionismo estatal, financiado con la imposición de una carga tributaria asfixiante ha «salido de quicio».
Apunta directamente contra la clase política como reponsable de la legislación.
Clase, que parte de la idea de que los ciudadanos «somos menores de edad, que tenemos incapacidades básicas para regir nuestra vida, para construir un destino propio».
Es así que, asumiendo esa minusvalía, nos imponen desde la cantidad de sal que debemos consumir hasta las deducciones en nuestros ingresos para prever los ahorros de retiro.
(No otra cosa dice José Pedro Varela, cuando afirma en «La Legislación Escolar» (1876) que :
«…establecer el Montepío para obligar a ahorrar al empleado público, es suponer que el Estado conoce mejor que el individuo empleado lo que a éste le conviene: o, lo que es lo mismo, es desconocer la eficacia del criterio individual para regular la conducta de los hombres»).
Y como si esto fuera poco, la «casta» impone también «las conductas que nos deben parecer simpáticas y dignas de imitación en el orden sexual»; «las palabras que podemos pronunciar y las que debemos reprimir», etc.
Es por eso que el autor uruguayo propone desligarse de «los que hacen del manejo de los intereses del prójimo una profesión, una carrera, un modo de vida».
Claro que esto nos abre una pregunta: ¿cómo?
En principio habría que desprenderse de la mordaza que supone la corrección política del lenguaje.
Violencia retórica a que nos ha sometido la demagogia de los juegos del poder.
Fattoruso se ocupa de dos conceptos fundamentales en el sistema liberal.
Uno de ellos es la seguridad.
El otro es la enemistad.
Sin seguridad no puede haber libertad.
Si nos roban, nos hieren, nos secuestran o nos matan impunemente, ¿de qué libertad estamos hablando?
Es que los enemigos no son solo los totalitarios sino los narcotraficantes, los empresarios prebendarios, los funcionarios corruptos, la Justicia injusta, las leyes ileg5ítimas…
El ciudadano común, ese que no tiene otro acceso a la conducción política de un país, que votar periódicamente lo siente en carne propia.
Son libres solo los que están seguros.
Los demás, no.
No importa lo que digan la Constitución y las leyes.
Observa Fattoruso, que esas son temáticas que «nadie se atreve a defender».
Por «nadie», entiende «tanto la izquierda como la derecha del espectro político».
Los políticos tienen terror a expresar la idea de que se debe «aplicar sin culpa la fuerza legítima del Estado», dice.
Y esta debilidad en los responsables de la conducción de un país es grave.
¿Es que realemente el ciudadano común podrá evitar ese orden de cosas?
En el siglo II a.C. Polibio postuló su teoría de la circularidad de la historia.
La monarquía deviene en aristocracia, esta en oligarquía, esta en democracia, esta en oclocracia y de ahí, la monarquía (cesarismo) reinicia el ciclo, dice.
Spengler, en la «Decadencia de Occidente», publicada en el primer cuarto del siglo XX retoma la idea.
El progreso continuo es un mito, afirma.
La historia no supone el avance hacia un mundo mejor.
No pretende negar el desarrollo científico y tecnológico.
Pero eso no implica necesariamente una ascensión espiritual.
¿Estaremos viviendo el fin de la democracia y la aparición del cesarismo que profetizara Polibio?
En Uruguay, al menos, no sería la primera vez.
Explorá más análisis en esta línea en la sección Orden Global y Geopolítica.
