Ayn Rand y Friedrich Hayek proponen dos caminos para frenar el saqueo intergeneracional causado por la deuda pública y el gasto político.
– La crítica moral al endeudamiento público
– El diseño institucional para limitar el poder político
– La defensa del futuro frente al saqueo intergeneracional
REVOLUCIÓN MORAL Y REFORMA ESTRUCTURAL
Contraste entre la revolución moral que exigiría Ayn Rand y la reforma estructural que propondría Friedrich Hayek para detener el saqueo de la presente y de futuras generaciones.
El Manifiesto Ético-Jurídico Ayn Rand:
“Nadie tiene el derecho de hipotecar la vida de un hombre que aún no ha nacido”.
Para Rand, el problema no es técnico, es moral.
Mientras la sociedad acepte que el «bien común» justifica el sacrificio del individuo, los políticos seguirán usando a tus nietos como combustible.
El supuesto consentimiento intergeneracional requiere la prohibición absoluta de emitir deuda pública que supere la vida laboral de la generación que la contrae.
Pasar la factura a quien no pudo votar es un acto de bandidaje, no de gobierno.
El establecimiento de que el fruto del trabajo futuro de un ciudadano es propiedad privada inalienable garantiza el derecho de propiedad sobre el presente, pero especialmente, sobre el futuro.
El Estado no puede pre-vender ese trabajo mediante producir déficit.
El fin del «altruismo por poder» impone denunciar la mentira de los subsidios.
Que cada subsidio sea llamado por su nombre: transferencia forzosa.
«Si quieres ayudar, hazlo con tu dinero, no con el tiempo de vida de tus hijos».
La virtud de la persona que asume la responsabilidad de su sostenimiento productivo le otorga el derecho a disponer de lo que se ganó. Una cultura que celebra al que crea riqueza y ahorra, en lugar de al que gestiona «migajas estatales» que se eternizan cultivando el óseo improductivo.
La independencia económica debe volver a ser el máximo valor moral.
«La pregunta no es quién me va a dejar; es quién me va a detener».
El joven del futuro debe tener el derecho legal de repudiar la deuda que no contrajo.
El Plan de Reforma Institucional que plantea Hayek:
“La libertad solo sobrevive si el Estado está sujeto a reglas que él mismo no puede cambiar”.
Hayek no apela a la ética heroica, sino a la arquitectura del sistema para quitarle el “juguete” del gasto a los políticos.
Quitarle al Estado el monopolio del dinero es un debate que se está dando, por, o, en contra el sistema político.
Si el Estado no puede imprimir billetes para pagar sus deudas, se ve obligado a ser responsable con lo que le quita a la sociedad para el gasto político.
La competencia de monedas protege el ahorro de los jóvenes de la inflación, al permitirle elegir la forma de ahorro e inversión que más le convenga.
Una limitación constitucional estricta del gasto público como porcentaje del PIB (por ejemplo, un máximo del 20%) permite a la sociedad denunciar judicialmente el abuso a su bolsillo.
Cualquier gasto extra debe ser aprobado por una mayoría especial del Parlamento y ser acompañado de un recorte equivalente en otra área del gasto público.
Una democracia de reglas, no de decretos permite redefinir el Poder Legislativo.
Hayek propuso una cámara dedicada exclusivamente a leyes de «largo plazo» (principios generales) cuyos miembros no dependan de la reelección inmediata, evitando que compren votos con subsidios presentes.
Del mismo modo transparentar el costo real mediante un análisis previo de impacto económico y social, obligando a que cada ley de subsidio o inversión pública incluya: «Esta medida costará X a cada ciudadano nacido después del año …..».
Ante estos abusos Rand plantea tratar al político como un saqueador social, mientras Hayek aconseja atarle las manos con disposiciones constitucionales inflexibles y recurribles.
El objetivo de Ayn Rand es devolver la soberanía absoluta al individuo de disponer sobre los recursos que le concede al Estado, mientras que el de Hayek es la preservación del orden espontáneo en las relaciones humanas.
Para frenar el saqueo intergeneracional, Rand y Hayek atacan el problema desde dos frentes: uno moral (para deslegitimar el robo) y otro institucional (para hacer el robo constitucionalmente imposible).
Rand argumenta que la complacencia política se basa en una mentira: que «la sociedad» tiene derecho a confiscar los frutos del trabajo de individuos, hasta de los que aún no han nacido.
Bajo el principio de que los derechos individuales no pueden ser sacrificados por el político, Rand propone que la deuda pública es nula de pleno derecho para quien no la autorizó.
«Un contrato donde una de las partes es un niño que no ha nacido no es un contrato, es un acto de esclavitud».
Se debe exponer al político no como un benefactor, sino como un traficante de favores.
El subsidio es el «soborno» que el político paga con el dinero de tus nietos para mantener su despacho y sus privilegios de casta.
Rand, en definitiva, invita a las generaciones jóvenes a dejar de alimentar un sistema que las devora.
La solución ética es además racional: priorizar el ahorro privado para inversión y la creación de valor propio por encima de las promesas de un Estado quebrado, favorece las oportunidades de ascenso social.
La Camisa de Fuerza Institucional (F.A. Hayek)
Hayek entiende que la moral no basta si el sistema admite el abuso.
Propone reglas que impidan a la «mayoría del momento» saquear el presente y el futuro.
La herramienta principal del político para encubrir sus privilegios es la inflación (imprimir dinero para pagar subsidios y prebendas).
Hayek propone permitir la competencia de monedas.
Si los ciudadanos pueden usar oro, Bitcoin o monedas privadas estables, el político ya no puede robar el valor de los ahorros de los jóvenes para pagar su gasto presente.
Sugirió una asamblea cuyos miembros no pudieran ser reelegidos y tuvieran mandatos largos (ej. 15 años), cuya única función sería vetar cualquier ley que cree beneficios presentes a costa de cargas futuras.
Imponer un límite constitucional al gasto es una regla de acero que prohíbe el déficit fiscal.
«Si el Estado quiere dar un subsidio hoy, debe subir los impuestos hoy o recortar otro gasto hoy», prohibiendo trasladar el abuso en el tiempo para librarse de las demandas.
El «Gran Divorcio» Económico
Ambos coinciden en que la única solución real es separar la economía del Estado, del mismo modo que se separó la Iglesia del Estado en el pasado.
Mientras el político tenga el poder de «crear» dinero y «repartir» favores, siempre encontrará una excusa: «justicia social», «emergencia», «bien común», para comprar su permanencia de hoy con la pobreza de mañana.
Los subsidios y prebendas no son para los pobres; son la protección de los privilegios de la clase política corrupta, pagada con el sudor de personas que aún están en la cuna.
