Una lectura tocquevilliana del poder que promete humildad, multiplica burocracias y termina protegido por sus propias coartadas.
LA REVOLUCIÓN DE LAS CORRUPTELAS SIMPLES
Sin capacidad de análisis complejo para abusar del poder
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
El paradigma de la complejidad del filósofo y sociólogo Edgar Morin es un enfoque que busca comprender la realidad en su totalidad, evitando la fragmentación.
La antítesis es la llamada “revolución de las cosas simples”.
Una incapacidad política notoria y natural de utilizar análisis complejos para abusar del poder.
Qué empresa tan conmovedora es la política moderna: esa obstinada manía de prometer el paraíso y entregar, a cambio, un formulario mal impreso y una justificación burocrática insatisfactoria.
La coalición de izquierdas llegó al poder con el lirismo de las grandes causas, pero ha terminado sucumbiendo a la más democrática de todas las bajezas: convertir la existencia en algo espantosamente previsible, gris y, sobre todo, aburrido.
Alexis de Tocqueville, ese francés bendecido con el don de prever las desgracias ajenas, ya nos había advertido que el verdadero peligro de la democracia no es que nos corte la cabeza, sino que nos curve la espalda.
La tiranía de la mayoría: El triunfo del mal gusto gubernativo
Tocqueville temía a la mayoría como quien teme a una turba sin estética.
En Uruguay, ese temor se transformó en la comodidad del «rodillo parlamentario».
Durante tres períodos, el oficialismo descubrió que tener la mitad más uno de los votos exime de la engorrosa necesidad de tener la razón.
La oposición pasó a ser ese mueble incómodo que se conserva en el salón por pura cortesía, pero sobre el cual nadie se sienta.
Se gobernó bajo la premisa de que la infalibilidad es una cuestión numérica; si cincuenta y un uruguayos dicen que el agua corre hacia arriba, la ley se aprueba y se prohíbe la gravedad.
La deliberación ha muerto, reemplazada por el bostezo de la disciplina partidaria.
El despotismo blando: La felicidad en cómodas cuotas
No hay nada más tiránico que un Estado que insiste en comportarse como una madre sobreprotectora y sin talento, salvo para rapiñar con su poder de imperio.
Es lo que el pensador francés denominó despotismo blando: una red de pequeñas e infinitas reglas que no te matan, pero te quitan las ganas de vivir.
Así, el uruguayo medio ha sido educado en la noble fe de que el Estado le debe proveer todo, desde el sustento hasta la opinión.
El Ministerio de Desarrollo Social y su colosal estructura no se diseñaron para
erradicar la pobreza, sino para hacerla sostenible, ordenada y electoralmente útil. Una selectiva pléyade militante que recoge el despojo humano para no afear la vista senatorial desde la ventana.
Es la perfecta Revolución de las Cosas Simples: se simplificó la ambición humana hasta reducirla al cobro puntual de un subsidio. El ciudadano ya no busca la libertad; busca un inspector estatal que le otorgue el permiso para respirar en regla.
El individualismo corporativo: La patria de los comités
Cuando el Estado se encarga de todo, el individuo se retira a su pequeño rincón a quejarse en privado, emergiendo únicamente cuando su corporación se lo ordena; o el encuestador se lo permite.
El tejido social, que según Tocqueville debía sostenerse en asociaciones libres, aquí se ha esclerosado en el idilio indisoluble entre el partido teológicamente marxista y el PIT-CNT.
La solidaridad ya no es una virtud cristiana ni una elegancia social; es una huelga general los viernes por la mañana.
La discusión pública ha dejado de ser un debate sobre el destino de la República para convertirse en una sórdida negociación de ambulatorio donde los sindicatos de la educación y los gremios municipales deciden cuánta mediocridad estamos obligados a tolerar esta semana.
La apoteosis del hombre común: De la discreción técnica al misterio automotriz
Pero es en sus líderes donde la profecía igualitaria de Tocqueville alcanza el nivel de la comedia.
La democracia aborrece la excelencia; prefiere verse reflejada en la tranquilizadora medianía de lo cotidiano.
Yamandú Orsi, el estandarte del «hombre sencillo», ese estilo campechano que confunde la ignorancia con la falta de definiciones y la prudencia con la absoluta inacción.
Orsi es el gobernante ideal para una sociedad que le teme a las sorpresas: alguien que habla largo tiempo para no decir nada y que administra los equilibrios internos del Frente Amplio con la delicadeza de quien transporta huevos en un carromato.
Sus detractores lo acusan de tibieza, olvidando que la tibieza es la temperatura exacta de su comodidad democrática a la cubana.
Sin embargo, hasta el hombre más simple y campechano puede verse tentado por los sutiles encantos del materialismo rodante.
El idilio de las cosas simples sufrió un maravilloso cortocircuito con el célebre —y todavía inexplicado— incidente de su camioneta.
Hay que tener un talento verdaderamente místico para las finanzas personales, o una fe ciega en las ofertas del mercado automotor, para adquirir por la modesta suma de quince mil dólares un vehículo cuyo valor real en el mundo de los mortales asciende a los ochenta mil.
Comprar una camioneta de ochenta mil dólares por quince mil no es un delito de gestión; es una genialidad estética que desafía las leyes de la oferta, la demanda y el sentido común empresarial.
La oposición clama (delicadamente) por transparencia y exige explicaciones que nunca llegan, atrapadas en el limbo de las comisiones investigadoras y las respuestas evasivas.
Pero analizado con la óptica de Tocqueville, el episodio es una delicia: demuestra que cuando el discurso igualitario se cansa de la austeridad del comité, prefiere viajar con tracción integral, pantalla de 15 pulgadas y aire acondicionado, a un precio de liquidación que la ciudadanía a pie jamás podrá conseguir.
Es la perfecta metáfora del progresismo tardío: se predica el transporte público para las masas mientras se conduce un vehículo de alta gama obtenido gracias a la generosidad de la providencia política.
La “Revolución de las Cosas Simples” y “Un gobierno honesto” han fracasado de la manera más previsible posible: volviéndose sumamente cara, insoportablemente burocrática y profundamente hipócrita.
Al final, los uruguayos han descubierto que el socialismo a la uruguaya consiste en pagar impuestos del primer mundo para recibir servicios del tercero, todo mientras contemplan cómo sus líderes se desplazan en camionetas que valen una fortuna pero que, en la “declaración jurada”, cuestan menos que un auto usado.
Para coronar este grandioso retablo de la mediocridad consentida, el propio mandatario se ha encargado de darnos la razón con una lucidez involuntaria que roza la genialidad.
Como bien se puede apreciar circulando en redes, ante el sagrado acontecimiento de un partido de la selección, el presidente Orsi habría dictaminado con total desparpajo: «Cuando juega Uruguay no se labura, se para el país», añadiendo con envidiable comodidad su doctrina personal: «Yo me tomo el día libre para hacer la previa y apoyar a la celeste».
Si Tocqueville reviviera por un instante para contemplar esta escena, caería de hinojos, maravillado de que su teoría sobre el adormecimiento democrático se hubiera vuelto tan descaradamente literal.
No hace falta un autócrata que prohíba el pensamiento; basta un presidente acanariado que decrete el feriado voluntario de la inteligencia y el esfuerzo.
Amparado en la sagrada liturgia del fútbol, el jefe de Estado eleva la vagancia institucional a la categoría de deber patriótico.
La República puede esperar, la economía puede crujir y las dudas sobre su camioneta de precio milagroso pueden acumular polvo; después de todo, hay una «previa» que atender.
Es el broche de oro para la Revolución de las Cosas Simples: un país donde el trabajo es una opción engorrosa y el ocio de pensamiento y acción gubernativa, la única política de Estado que la coalición de izquierda entiende electoralmente redituable.—
Tocqueville y poder.
Estado protector.
Austeridad fingida.
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