Armenian children during the deportations linked to the Armenian genocide.

Uruguay, Armenia y el silencio de la realpolitik

El reconocimiento uruguayo del genocidio armenio conserva una vigencia incómoda frente al cálculo diplomático.

Uruguay fue el pionero en reconocer el genocidio armenio.
Los entonces diputados colorados Enrique Martínez Moreno, Hugo Batalla, Aquiles Lanza, Alfredo Massa, Zelmar Michelini y Alberto Roselli, impulsaron un proyecto de ley que fue aprobado el 6 de abril de 1965.
El Senado lo hizo el 20 del mismo mes.
El 24 de abril de 1965 se declaró «Día de recordación de los mártires armenios» y feriado para los funcionarios descendientes de armenios.
Además, se denominó la escuela No.156 con el nombre de Armenia.
La aprobación de esta Ley, no fue más que una condena moral por parte de un pequeño país, pero de algún modo marcó un camino.
Posteriormente, una treintena de estados, a la fecha, han preferido los valores del espíritu sobre los intereses comerciales.
Como hace notar el profesor de la Universidad de Salamanca Efrem Yildíz, la política de exterminio se dirige contra los «asirio-caldeos, los armenios, los maronitas, los greco-melquitas, los siro-ortodoxos y muchos otros grupos pertenecientes a la iglesia bizantina».
Es en realidad un ataque a la cristiandad por parte del radicalismo islámico, un ataque que no ha cesado.
No solo los turcos otomanos, sino los kurdos, masacraron a esos pueblos cristianos.
Kurdos, a su vez, masacrados por los turcos.
La dura frase pronunciada en 1930 por el ministro de justicia turco Mahmut Esat Bozkurt es bien explícita:
«Aquellos que no son de origen turco puro, tienen solo un derecho en Turquía: el de ser sirvientes o esclavos».
Ya los armenios habían sido masacrados en 1894 y 1896 con un saldo de entre 100.000 y 250.000 muertos, sobrevivientes islamizados y varias iglesias destruidas, recoge el autor argentino Juan Debia, citando como fuente al sociólogo e historiador de origen turco Vahakn Dadrian.
Otros 30.000 perecieron en 1909, según datos del Instituto Nacional Armenio.
Esta última hecatombe sentó un precedente para medir la capacidad de respuesta de la sociedad y del mundo exterior ante el uso de la violencia directa.
Pero veamos el testimonio de un testigo más que verídico.
El embajador norteamericano Henry Morgenthau (1856-1946), escribe:
«Hasta el estallido de la guerra en Europa, no había pasado un solo día en los vilayatos [provincias] armenios sin atrocidades y asesinatos.
«Una de las peores masacres tuvo lugar en Adana, donde murieron 35.000 personas. Y ahora, los Jóvenes Turcos, que habían adoptado tantas ideas [del Sultán] Abdul Hamid, parecían exigir también, lógicamente, el exterminio de todos los cristianos: griegos, sirios y armenios.
«Dado que debían tomarse todas las precauciones contra el surgimiento de una nueva generación de armenios, sería necesario exterminar sin contemplaciones a todos los hombres en la plenitud de su vida y, por lo tanto, capaces de propagar la maldita especie.
«Los ancianos y ancianas no representaban un gran peligro para el futuro de Turquía; sin embargo, eran una molestia y, por consiguiente, debían ser eliminados».
Pero lo que inclina la balanza es la intervención del Kaiser.
«Solo una potencia, sigue Morgenthau, podía oponerse con éxito, y esa era Alemania.
«En 1898, mientras el resto de Europa resonaba con las denuncias de Gladstone y exigía intervención, el káiser Guillermo II había viajado a Constantinopla, visitado a Abdul Hamid, condecorado con sus mejores galas y besado en ambas mejillas.
«El mismo káiser que había hecho esto en 1898 seguía en el trono en 1915 y ahora era aliado de Turquía.
«Así, por primera vez en dos siglos, en 1915, los turcos tenían a sus poblaciones cristianas completamente a su merced». (Ambassador Morgenthau’s Story, 1918).
Genocidio es el término correcto para definir la política del estado turco claramente entre 1915 y 1923.
Exterminio sistemático ejecutado por el gobierno de los Jóvenes Turcos (1915-1918) y prolongado por Mustafá Kemal.
En ese lapso se estima que fueron asesinados un millón y medio de armenios.
Esas masacres se resumen simbólicamente en la noche del 23 al 24 de abril de 1915, cuando cientos de intelectuales armenios fueron asesinados como anticipo de los cientos de miles que vendrían después.
Pero no solo se trata de la muerte de las personas.
Como señala el citado Dr. Yildíz lo peor:
«…es que maten no solamente a su gente sino su recuerdo histórico y cultural».
Por eso los armenios dispersos por el mundo recuerdan esa fecha y luchan por un reconocimiento universal que está lejos de lograrse.
Algunos estados tienen razones poderosas para negar recordaciones y juicios.
Soukias Soukoyan, un sobreviviente del genocidio, en sus «Memorias», dice con amargura:
«Los países cristianos, que se decían amigos nuestros, nos traicionaron, vendieron nuestra patria y nos entregaron a manos de nuestros enemigos».
Este silencio más que centenario parece darle la razón.
Un silencio travestido con el sonoro nombre de realpolitik.

Uruguay como antecedente moral.
Genocidio, memoria y olvido.
La realpolitik como silencio cómplice.

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